Wednesday, August 02, 2006

Apenas abrí los ojos no me sorprendió descubrir la ausencia de luz en mi cuarto. Vivo, en Barranco, solo y mis días no son más que el calco de uno tras otro. Era junio y no llovía, y yo ya había perdido la cuenta de mis muchas noches de insomnio. Ya no sentía cómo al echarme en mi cama, conforme iba quedándome dormido, me hundía lentamente y poco a poco en el colchón, como si éste me acogiese cual una madre a su hijo en su regazo, sumergiéndome así en una realidad onírica. Todo a mi alrededor se tornaba una espiral ascendente que se alejaba de mí, entonces me sentía distinto. Así, un día ya no pude dormir más. Puede parecer extraño, pero el “sonido” del silencio que me rodeaba, tal vez sea uno de los sonidos con mayor sentido de profundidad que yo hubiera podido sentir. Me refiero a que esa supuesta ausencia de sonido que experimentamos es, en realidad, un no-silencio que funciona como el umbral hacia nuestro interior. A través de aquel “sonido” entré más y más en mí, como no lo había hecho desde hacía tiempo atrás; fue entonces cuando me vi atraído placenteramente por la soledad que siempre había intentado evitar. Estaba sentado en mi cama, oteando a ciegas la atmósfera que envolvía mi casa, siempre igual de simple, sumergida en ese sonido no apto para oídos domesticados por el bullicio insensato y, siempre impertinente, rodeado de lo que llamamos oscuridad y silencio. Mastiqué esos pensamientos ante la soledad en la que estaba y se me ocurrió salir a dar una vuelta a la manzana, “para tomar el fresco” como decía mi abuelo. Abrí la puerta y lo primero que sentí fue una brisa helada que congeló la punta de mi nariz como si fuera la madrugada que daba la bienvenida a un nuevo miembro de su legión de insomnes.
Era junio y no llovía. Normalmente un sábado a esas horas debería estar tratando de introducir la llave en la cerradura de mi puerta, luchando contra los efectos la cerveza; pero era distinto, era martes. Martes. Mentiría si digo que era el primer martes que andaba por las calles de madrugada, sin embargo era la primera vez que salía a la calle como consecuencia del insomnio. Y ¿qué había en la calle? Uno que otro automóvil, un loco que arrastraba un saco lleno de miserias, un anciano durmiendo entre cartones, un travesti en la esquina de las avenidas Bolognesi y 28 de Julio, un perro hurgando entre la basura con la misma meticulosidad que un cirujano a su paciente, un efectivo de serenazgo patrullando el Parque Municipal. Caminé hasta el parque, me senté en una de sus viejas bancas y, por unos segundos, fue como si todo se detuviera para dar paso a la nada. Quedé maravillado con el espectáculo que presenciaba a mi alrededor, huyendo de la soledad encontré a una ciudad hermosamente desierta. En esos momentos la supuesta vida normal le daba la espalda a esta realidad. La Av. Grau, el Boulevard Sánchez Carrión, el Ovalo Balta, todo, todo era silencio. Sólo algunos peatones se aventuraban hacia quién sabe dónde, las combis ya no transitaban, a lo mucho se observaban algunos taxistas. Yo caminaba a mi antojo por donde horas después no se detendrían los cientos de autos que transitan normalmente. Me detuve en medio de la Avenida Principal y me eché boca arriba y con los brazos abiertos mirando el cielo; el asfalto aún mantenía el calor del día. Me sentí, a esas horas, amo y señor de las calles.
Luego, con la salida de ese intruso, el mal llamado astro rey, yo pasaría a ser otra vez propiedad de aquella masa concurrente, y tendría que esperar que la noche se encargue de hechizar y mandar a todos a sus camas. Era ahí donde yo comenzaba, donde los demás habían terminado. Sólo así lograba salir del marasmo, en el que me encontraba a diario. El tenue cambio en la tonalidad del cielo me indicaba que la hora azul estaba iniciándose, así que me fui a casa antes de que me sintiera invadido por los demás. Intenté repetir mis incursiones nocturnas sin muchos intervalos, ya que las secuelas no eran cómodas ni para mí ni para mi trabajo. Por suerte logré cambiar el turno de mi empleo para el de la tarde. Así podría empalmar mi soso trabajo con los paseos nocturnos sin afectar mi sueño, para eso me servía el día.
Una noche me aventuré a bajar hasta la playa a contemplar el océano entre la neblina de un junio que ya se iba alejando. Tener una colosal fuerza de la naturaleza como el mar frente a mí fue indescriptible. Mirar de frente a esa infinita masa negruzca era bello, el sonido que a mi llegaba era como el rugido de una bestia enroscada en las profundidades llamándome. Luego vendría el día y después la noche; pero, en verdad, ya no serían los mismos para mí. Puede sonar extraño lo que hago, ¿por qué salir a caminar por las calles a consecuencia del insomnio? Sin embargo, y a pesar de todo, es poco lo que uno puede hacer cuando no es mucho lo que se tiene consigo: una vida simple e insípida. Sólo pude hallar mi propia redención proclamándome soberano sin corona de las noches silenciosas, ilustre anónimo sin mayores posesiones que la calle, la madrugada y la lluvia que cayó sobre Lima, y me que acompañó desde un treinta de junio.

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